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El Oculista

Por: Hember J. Saavedra

@hember.j.saavedra

@musica_creativa_de_colombia 


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Dicen que los ojos son las ventanas del alma… no lo sé, pero, en mi caso, estos no solo me sirvieron para ver el mundo, sino que, en una ocasión, además, viajaron al pasado a través de la lámpara de hendidura.


La vida transcurre diferente en cada uno de nosotros. En cambio, la muerte, por su parte, es igual para todos: Inevitable y trágica.


Como cuando percibimos el mundo que nos rodea queramos o no, porque estamos vivos; el mismo mundo que a veces nos premia pero que también nos golpea en la cara de vez en cuando.


Por esta razón he venido a mostrarles el poder que tuve por un instante, y a que por cuenta propia observen con la imaginación lo que yo observé una vez con las ventanas de mi alma.

Me presento, soy el Doctor Ernest; llamado de manera coloquial por los habitantes de Songcity como: El oculista.


Y la anécdota que hoy relataré en esta carta habla de la historia de vida de John Williams, un músico asombrosamente virtuoso; pues su habilidad con la guitarra eléctrica era tal que, en su juventud, recorrió el mundo gracias a las técnicas y sonoridades que creaba. Pero, un día, algo inesperado le sucedió… su madre fue la primera en morir; un infarto de miocardio la aniquiló en cuestión de segundos.


Tras ella, su padre, que, en medio del delirio y de una confusión existencial, estuvo en diferentes ocasiones al borde de la muerte, pero mucho tiempo tardó sin lograr viajar hacia esta, hasta que un día fue una realidad… pero al lanzarse, en esta ocasión… del borde del abismo de los suicidas…


La vida para John no era más que una existencia vacía, sin sentido. La muerte, por su parte, era algo que de vez en cuando anhelaba. Siempre había sido de esa manera y lo seguiría siendo hasta alcanzarla… y ni él mismo sabía la causa de tal deseo sombrío.


Un día, llegó un paciente a mi consultorio. Un músico de profesión. Le dije: “tome asiento y en breve lo atenderé”.


Aquel hombre no dijo palabra alguna… tomó asiento y procedí a realizar el estudio visual.

Y lo que encontré allí, en medio del examen me impresionó para siempre… pues fue en esa ocasión que vi la vida de aquel músico virtuoso.


Imágenes, una tras otra, pasaron por mis ojos… luego observé un destello de luz en sus ojos… una película fue lo que vi… era la biografía de John….


—Mierda— dije.

—Ha muerto toda su familia…

Y el músico, por fin habló:

—¿Disculpe?...

—¿Cómo lo sabe usted?

—Verá señor… mmm… John. No lo sé, solo sé que lo acabo de ver.

—Quizás fue la lámpara de hendidura… como si algo mágico le hubiese ocurrido, y también a mis ojos.

—¿Cuál lámpara… de qué? Preguntó John, el músico.

—Esta, con la que examiné su vista.


En ese preciso instante entró una desconocida, pero bella mujer al consultorio, me entregó un sobre y se marchó sonriente y hermosa…


Abrí el sobre y saqué de este, no un papel, sino una brillante medalla de metal, con un mensaje en el centro, por una de sus caras.


“Con tus ojos verás el pasado y cambiarás el destino de aquel músico atrapado en un bucle de maldición”.


Minutos más tarde, procedí a decirle al músico:—John, he visto su pasado y puedo ayudarlo…


—¡Pero, no logro entender! — exclamó John.

—Sucede que al examinar sus ojos he presenciado las muertes de sus familiares… todos aquellos que lo quieren… mueren trágicamente, ¿no es así, John?

—S… s… sí…— respondió John, con la voz que le temblaba del asombro.

—¿Y fue por causa de aquella gitana, no es así?

—Sí, un día remoto de 1994, me maldijo una anciana totalmente ciega, con bastón de guiado en mano, que parecía más de lujo que un elemento de ayuda; pues era como si sus blancos ojos se la hubieran arreglado para ver el mundo.


En todo caso, ella se estrelló conmigo en la calle y me hizo un rezo en un idioma rarísimo del cual no entendí palabra alguna… pues no quise ayudarla en un momento en que ella necesitaba ayuda, la cual no le presté porque por aquellos días era un esclavo del tiempo y de mis labores y cada segundo que perdía valía oro… fui egoísta y pagué por ello, porque la anciana, sin dudar, me echó la mala suerte…


—Entiendo señor John—

—Entérese usted que aparte de ver su pasado, veo una solución…

—Lo que debe hacer usted es ir al cementerio de Songcity y ubicar la tumba número 113. Cuando la encuentre, ¡excávela!… allí está enterrada la mujer que lo maldijo.


En una de sus manos, ella empuña una runa que usaba como herramienta mágica de adivinación… quítesela y quémela. Solo así podrá liberarse de tal maldición, o, de lo contrario, esta lo acompañará hasta su muerte, a un solitario y trágico final…

Si usted hace esto, no solo podrá rehacer su vida, sino que tendrá una dulce muerte cuando se cumpla su tiempo…


Así que John, el músico, tomó la decisión de seguir mi consejo.


Llegó al cementerio e hizo el trabajo. Incendió la runa.


Cuando terminó, se desplomó al suelo.


Pero en un abrir y cerrar de ojos se hallaba en la misma época en la que la gitana lo maldijo. Se hallaba con su madre, su padre y todo lo que alguna vez fue su vida lo acompañaba nuevamente… hasta su juventud. Solo el recuerdo de una vida vacía y un anhelo de morir quedó en su memoria…


En fin, yo vivía en otro tiempo… años después…


Y, para despedirme, debo recordarles quién soy…


Mi nombre es Ernest, El Oculista de Songcity y esta ha sido mi anécdota.


Este extraño poder ocurrió solo una vez… nunca supe a que se debió tan magnífica magia…

—Y, tú, ¿qué harías si tuvieras otra oportunidad?— escribió el doctor en la carta… y murió plácidamente en su sofá.


Escrito por: 🎸Hember J. Saavedra (31) – Guitarrista y estudiante de Literatura en la Universidad Autónoma de Bucaramanga. Entre acordes y palabras, explora nuevas formas de contar y sonar.


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