ORO Entre el brillo y la oscuridad

Actualizado: ene 25

Por: Juan Daniel Correa Salazar

@juandanielcorrea

@musica_creativa_de_colombia

Diciembre 10 de 2020


No todo lo que brilla es oro, dice la sabiduría popular. No todo oro brilla, tampoco. En pleno siglo XXI, con los valores históricos del precioso metal en lo más alto calculados en dólares, euros, yenes y bitcoins, los mineros de Antioquia, Cauca, Chocó, Boyacá y alrededor del país entero negocian el material en tomines, reales y gramos, unidades de medida adoptadas en los tiempos de la colonia. Desde entonces, mucho antes incluso de que existiera Colombia, nuestra tierra se desangra. La imagen de la portada la tomé hace poco en Segovia, Antioquia. Es de la escultura que engalana la plaza del municipio. Un minero bañado en oro martilla las entrañas de la tierra, encadenada de pies y manos; su cuerpo es dorado y hermoso; su cara una mueca contrahecha por el dolor. Así de delirante, paradójica y contradictoria es esta historia; y esta columna. No puede ser de otra manera: es nuestra realidad. El amarillo de la bandera, la mitad del emblema nacional, que debería traer brillo y resplandor, duele más que el rojo de la sangre derramada y contamina poco a poco, día a día durante siglos, el azul de ríos y mares. La riqueza, lastimosamente, no salta a la vista. Qué gran paradoja. País febril. La historia de Antioquia se repite a su manera en el Chocó:

A mi tierra llegó un fulano

Llevándose todo mi oro

A mi tierra llegó un fulano

Llevándose todo mi oro

Vestido de blanco entero

Y con acento extranjero

Prometió a cambio de oro

Dejarme mucho dinero

El tipo de quien les hablo

Nunca más apareció

Cogió mi metal precioso

Y todo se lo llevó

Ladrón te fuiste

Con mi oro

Y me dejaste

Sin mi oro

Chocquibtown, brillante como siempre.

Vale la pena preguntarse ¿Quién es ese fulano? La respuesta puede sorprender, y doler. Muy bien la podría representar esa mujer encadenada a la que tanto culto le rinden los mineros de Segovia y alrededores, mientras cercenan sus vísceras sin contemplación. El “fulano” más que los extranjeros aprovechados, somos los propios colombianos que, en una gran mayoría, no tenemos ni idea de las cantidades de oro que se extraen legítimamente de nuestras tierras; mucho menos de las que lo hacen en forma ilegal.

¿De quién es el oro? En principio debería ser de los dueños de la tierra, también de quienes la trabajan. El asunto no es tan fácil; no es blanco y negro. En este mundo globalizado se compra y se vende, y existen canales apropiados para hacerlo. Lo importante, en realidad, sería que el precio pagado fuera justo y que, sobre todo, algo de las astronómicas ganancias que se logran se viera reflejado en desarrollo de las regiones mineras. No es así. La platica se esfuma como mercurio a temperatura ambiente.

La culpa es de “los ladrones del oro”, los explotadores, las multinacionales que evaden impuestos, los intermediarios inescrupulosos, las autoridades que se hacen “los de las gafas”, los delincuentes y, hay que decirlo, de los mismos mineros que ganan millones y viven en medio de la pobreza más miserable: todo se va en las cantinas y, al final de la jornada, no queda nada ni para ropa, arroz o lentejas.

Así es la vida del minero:

Sombríos días de socavón

Noches de tragedia

Desesperanza y desilusión

Se sienten en mi alma

Así mi vida pasando voy

Porque minero soy

Minero que por mi patria doy

Toda mi existencia

Mas en la vida debo sufrir

Tanta ingratitud

Mi gran tragedia terminara

Muy lejos de aquí

Triste realidad, en Bolivia, en Perú, en Chile, en Colombia. Tragedia que se perpetua con el tiempo.

Lo más fácil, y lo que hacen muchos, es satanizar el oficio. Olvidan de un tajo de dónde viene ese amarillo de la bandera. Todo lo que huele a minería está mal y los que hemos trabajado en el sector somos unos malhechores. Lo aseguran, sin darse cuenta, de lo necesario que es el metal en sus vidas, y en la propia existencia de su país.

Si tan sólo una pequeña porción de los flujos perdidos por el lavado de dinero en la cadena de producción, comercialización y exportación del oro fuera invertida en las regiones, no viviríamos en el paraíso tampoco (aunque muy cerca), pero habría educación de calidad, salud, prosperidad; no habría pobreza. Más allá de los métodos y las formas, muchas veces despiadadas y reprochables (históricamente ellos han sido parte esencial del problema) Canadá, Estados Unidos, Inglaterra y los Emiratos Árabes, en la extracción de petróleo (trayendo a colación otro de los recursos en los que Colombia es rico) han logrado convertir los capitales provenientes de la minería en desarrollo real y tangible.

¿Cómo? Fiscalizando, cobrando, rastreando y, sobre todo, haciendo valer los impuestos del negocio. Compensando los daños realizados y reconstruyendo las zonas afectadas; en sus países, por supuesto. Les ha costado lágrimas y sangre:

Come gather 'round, friends

And I'll tell you a tale

Of when the red iron ore pits ran plenty

But the cardboard filled windows

And old men on the benches

Tell you now that the whole town is empty

In the north end of town

My own children are grown

But I was raised up on the other

In the wee hours of youth

My mother took sick

And I was brought up by my brother

The iron ore poured

As the years passed the door

The drag lines an' the shovels was a-humming

Till one day my brother

Failed to come home

The same as my father before him

Poesía del bardo Dylan. Desconsuelo, desazón. Amigos, padres, hermanos que se los traga la tierra y nunca regresan. La realidad de los mineros de hierro a comienzos del siglo pasado en Estados Unidos se parece demasiado a la de los de Buriticá, Remedios, Segovia y de Colombia entera.

La noticia es de ayer, diciembre 9 de 2020, en EL TIEMPO: Las muertes en minería están en el nivel más alto en 10 años:

…De acuerdo con datos recientes de la Agencia Nacional de Minería (ANM), con corte al 30 de noviembre, se habían registrado 157 fallecimientos, un 91,5 por ciento por encima de los 82 decesos registrados para el período enero-noviembre del 2019. A esa cifra ya hay que sumarle los tres mineros que perecieron el 1º de diciembre, en una mina artesanal de oro localizada en jurisdicción del municipio de Barranco de Loba, en el departamento de Bolívar, debido a un alud de tierra.

Dato que podemos cotejar con el del 30 de julio de 2017 del Nuevo Siglo, otro nombre bien paradójico: 1.170 mineros han muerto en Colombia desde 2005. ¿Y en el viejo siglo?, ¿Y en el anterior?, ¿Y cuando no había nación? ¡Qué locura! En estas tierras se realiza la minería desde mucho antes que en Estados Unidos y el anhelado progreso nada que llega. ¿Qué nos pasa?

El 7 de agosto de este 2020, día en el que conmemoramos la famosa batalla de Boyacá, el precio del oro llegó a su récord histórico: $ 2.607,15 dólares. El negocio es impresionante, hoy está mejor que nunca.

Es una lástima que sólo brille para pocos. De resto, genera muchos más inconvenientes que beneficios. Lo cual me lleva a pensar que el problema acá no es de plata; es de actitud.

Los únicos que la tienen clara son los mineros:

Yo no maldigo mi suerte porque minero nací aunque me ronde la muerte no tengo miedo a morir no me da envidia el dinero porque de orgullo me llena ser el mejor barrenero de toda sierra Morena de toda sierra Morena Bajo a la mina cantando porque sé que en el altar mi mare queda rezando por el hijo que se va y cuando tengo una pena lanzo al viento mi cantar Antonio Molina (1956) le canta al minero de profesión. Trabajo valeroso, ingrato. Por el amor a Dios, a nuestra Patria y a la bandera no abandonemos a los mineros a su suerte. No dejemos que esta gran riqueza – producto de un oficio centenario – se pierda en la oscuridad de un socavón. Estoy seguro de que, si todos nos paramos en la raya, podemos enfrentar al demonio llamado lavado de activos. Tampoco se trata de ver brillar la luz de la noche a la mañana. Poco a poco, piedra sobre piedra se construyen las grandes maravillas. El oro es apenas un ejemplo. Podemos empezar por facturar, por exigir la factura, por saber de dónde viene los que compramos o vendemos, por aprender de nuestra historia y, sobre todo, por dejar de hacernos los de la “vista gorda”.



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