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SINFONÍA EN EL QUIRÓFANO: HISTORIA DE UN PRESAGIO

  • hace 17 horas
  • 4 Min. de lectura

10 de febrero de 2026.


Me encontraba yo en la antesala de un quirófano, que bien podría describirla como la antesala del infierno, debido a la incertidumbre producto de la espera, la ansiedad de no saber qué pasará cuando ingrese a aquel quirófano de aire helado. Estaba junto a una mujer a la cual nunca le pregunté su nombre, y un muchacho que ingresó a la sala de cirugía primero, después de haber compartido los tres en dicha sala de espera.


Mientras tanto, quedamos solamente la mujer y yo en aquella antesala en la cual se respiraba incertidumbre, un poco de miedo y nerviosismo.


Una mujer robusta, de gran trasero, nos había ingresado un catéter de una bolsa con suero en el brazo izquierdo, a los tres, previamente al ingreso al quirófano. De tez trigueña, casi morena e intentando impregnarnos de alegría cuando se comunicaba con nosotros, los pacientes, con el objetivo de atendernos correctamente y obtener una calificación positiva por su trato hacia nosotros que poseíamos inconvenientes funcionales en la nariz. Aquella mujer algo grande, nos etiquetó con una banda al final de las piernas, como se etiqueta a los cadáveres, justo en la terminación de nuestras piernas. En mi caso, la manilla me fue puesta al final de mi pierna izquierda. A la mujer que se encontraba a mi lado derecho le fue puesta en la terminación de su hermosa pierna derecha. Y al muchacho que ingresó primero a cirugía no tuve en cuenta en qué pierna le fue colocada. Todo transcurrió muy rápido para aquel muchacho. Mientras que la mujer y yo mirábamos el techo, charlábamos, callábamos nuevamente y volvíamos a hablar.


—¿Te gusta leer? —le pregunté a ella.


—Claro que sí —me dijo, con firmeza.


De profesión, abogada, estaba acostumbrada a las letras.


—Yo escribo — le dije, de golpe.


—Grandioso —respondió.


Y comencé a relatarle un par de párrafos de memoria que había escrito en una revista que trataba historias musicales.


—Comienzan de forma particular —argumentó ella.


—Sí —le dije. Cada párrafo pertenece a una historia diferente, pero los escribí más o menos en la misma época y etapa de mi vida.


—Ok, comprendo —aseguró la mujer.


Más tarde, me llamó la enfermera corpulenta y me llevó al quirófano. Pusieron la manguera con la anestesia en forma de “gas” en mi nariz y boca. Sentí un fuerte mareo. Como si mi cerebro se moviera de un lado a otro, como si este, de repente, se estuviera muriendo.


Después, desperté de la anestesia, miré hacia mi lado izquierdo donde había otra camilla y allí estaba ella, la abogada, en un sueño profundo e inducido.


Al final del día, cuando cayó la tarde y llegó la noche, las afueras de la clínica que solo se iluminaba bajo la tenue luz de algunos postes cercanos y de luz amarilla, de tan poca luminosidad, que prefería que no existiese, la escasa luz me causaba una gran impresión. La negra noche entraba por los poros de mi piel; pues había algo tenebroso en aquella luz que en lugar de iluminar era como si se prestase para que alguna persona poco ética, nos tumbara de la silla de ruedas en la que nos sentíamos como inválidos. Y como si fuésemos a dar de cabeza al gélido suelo y tuviésemos que ingresar nuevamente a cirugía.


Pero lo que pasó en realidad fue que nos reunimos los tres operados en la puerta principal de la clínica, en sillas de ruedas y con las narices corregidas.


Y comencé a contarles lo que me sucedió cuando estaba en el quirófano, antes, segundos antes de que me fuera aplicada la anestesia en forma de "gas". Tuve un presagio de dos realidades distintas de mi destino:


—Me encontraba yo en un frío, negro y solitario salón —afirmé con susto y voz temblorosa. Estaba de pie y ya no sobre una camilla, cuando comenzó a reproducirse frente a mí una película: era mi vida, desde el momento de mi nacimiento, hasta mi muerte. Esta se producía de la siguiente forma: algo fallaba en el momento en que inhalaba la anestesia, que parecía como si hubiese cumplido la función de dormirme, pero, en realidad, me hallaba perdido en un limbo; estaba yo entre la vida y la muerte. Los médicos comenzaron la cirugía y fue entonces cuando la línea de la vida en el dispositivo electrónico de medicina se transformó en una línea constante y con un pitido de sonido ininterrumpido. Y, aquella línea dejó de oscilar para notificar mi muerte; mi repentina, inesperada y anticipada muerte. Era la primera realidad posible. Mi fallecimiento.


Fue entonces cuando, de repente, en medio de la cirugía, ¡desperté! y la manguera de la anestesia volvió a mí rostro. Me dormí de nuevo, pero, esta vez, ya no me encontraba solitario en un salón oscuro ni en el limbo, sino que, abstraído en mi violín, en pleno teatro, interpretaba mi sinfonía número trece, titulada: “sinfonía en el quirófano”, la cual era un éxito total y yo, me convertía de la noche a la mañana en una estrella de la música clásica, del violín y, no habría nadie nunca que me bajara de tan honorífica nube de concreto; de tal realidad feliz.


Estas dos realidades viví antes de ser anestesiado, pero casi muerto en vida, como me sentí en ese momento; pero estaba despierto y vivo, al fin y al cabo. Y fue allí donde la vida comenzó a tener sentido para mí. Al despertar, me prometí a mí mismo que compondría una sinfonía, una magnífica y formidable obra musical que luego llamaría: “sinfonía en el quirófano: el sonido de un presagio en C Major”. Tuviera éxito o no en todo el mundo; no importaba. Lo que era ahora relevante, era que la segunda realidad del presagio fue la que se hizo realidad. Pues aún no llegaba la hora de la primera realidad: la hora de mi dulce muerte.


Escrito por: 🎸Hember J. Saavedra.

@hember.j.saavedra

@musica_creativa_de_colombia

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