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SINFONÍA EN EL QUIRÓFANO: HISTORIA DE UN PRESAGIO

  • hace 6 días
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Actualizado: hace 2 días


10 de febrero de 2026.


Me encontraba en la antesala de un quirófano, que bien podría describirla como la antesala de una morgue, debido al helaje, el silencio y la soledad de esta; además de la incertidumbre que me nacía producto de la espera y la ansiedad de no saber qué pasará cuando ingrese a la sala de cirugía. Pensar en esa analogía me carcomía el cerebro. Estaba junto a una mujer a la cual nunca le pregunté su nombre, y junto a un muchacho que ingresó a la sala de cirugía primero, después de haber compartido los tres en dicho salón.


Mientras tanto, quedamos solamente la mujer y yo: Andrés García, en aquella antesala en la cual se respiraba incertidumbre, un poco de miedo y nerviosismo.


Una mujer robusta, de gran derrier, nos había ingresado un catéter de una bolsa con suero y medicamento en el brazo izquierdo, a los tres, previamente al ingreso al quirófano. De tez trigueña, casi morena e intentando impregnarnos de alegría cuando se comunicaba con nosotros. Ella tenía el objetivo de atendernos correctamente para obtener una calificación positiva por su trato hacia los pacientes, que poseíamos inconvenientes funcionales en la nariz. Aquella mujer algo grande, nos etiquetó con una banda al final de las piernas, como se etiqueta a los cadáveres. En mi caso, la manilla me fue puesta al final de mi pierna izquierda. A la mujer que se encontraba a mi lado derecho le fue puesta en la terminación de su hermosa pierna derecha. Y al muchacho que ingresó primero a cirugía no tuve en cuenta en qué pierna le fue colocada. Todo transcurrió muy rápido para aquel muchacho. Mientras que la mujer y yo mirábamos las paredes, platicábamos, callábamos y volvíamos a hablar.


—¿Te gusta leer? —le pregunté a ella.


—Claro que sí —me dijo con firmeza.


De profesión, abogada, estaba acostumbrada a las letras.


—Yo escribo — le dije de golpe.


—Grandioso —respondió.


Y comencé a relatarle un par de párrafos de memoria que había escrito en una revista que publicaba historias musicales.


—Comienzan de forma particular —argumentó ella.


—Sí —le dije. Cada párrafo pertenece a una historia diferente, pero los escribí más o menos en la misma época y etapa de mi vida.


—Ok, comprendo —aseguró la mujer.


Y allí finalizó la conversación, por el momento.


Más tarde me llamó la enfermera corpulenta y me llevó al quirófano. Pusieron la manguera con la anestesia de estado gaseoso, en mi nariz y boca. Sentí un fuerte mareo. Como si mi cerebro se moviera de un lado a otro, como si este, de repente, se estuviera muriendo. Y me perdí en un profundo y obligado sueño.


Después, desperté, miré hacia mi lado izquierdo donde había otra camilla y allí estaba ella, la mujer, en un sueño profundo e inducido.


Al final del día, cuando cayó la tarde y llegó la nostalgia con el nacimiento de la noche, un tanto depresiva y que hacía que dudara de mi propia existencia y de la del universo mismo, pero sin encontrar una razón por la cual me hubiesen sido eyectadas tales emociones a lo más hondo de mi espíritu, mientras tanto, a las afueras de la clínica solo se producía una tenue luz de algunos postes cercanos y de luz amarilla, de tan poca luminosidad, que prefería que no existiese. La escasa luz me causaba una gran impresión. La negra noche entraba por los poros de mi piel; pues había algo tenebroso en aquella luz que en lugar de iluminar era como si se prestase para que alguna persona poco ética me lanzara de la silla de ruedas en la que me sentía inválido. Como si fuése a dar de cabeza al gélido suelo y tuviese que ingresar nuevamente a cirugía. El piso, fuera de la clínica era empedrado y mi nariz no toleraba un movimiento de cabeza brusco. Me sentía vulnerable.


Fue entonces cuando nos reunimos los tres en la puerta principal de la clínica, en sillas de ruedas y con las narices corregidas.


Y comencé a relatarles lo que me sucedió cuando estaba en el quirófano, antes, segundos antes de que me fuera aplicada la anestesia: tuve un presagio de dos realidades distintas de mi destino:


—Me encontraba yo en un frío, infinito y negro salón —afirmé asustado y con voz temblorosa. De pie, solitario, extraviado, cuando comenzó a reproducirse frente a mí una serie de imágenes tan rápido que simulaba una película; como una terrorífica adaptación de una de las novelas de Stephen King. Era tal el horror que viví, que el inframundo ascendió a la tierra y era yo ahora residente de este, junto con los muertos y Hades. En dicha proyección era presentada mi vida, desde el momento de mi nacimiento, hasta mi muerte. Sentí, al inhalar la anestesia, como si esta hubiese cumplido la función de sedación, pero, en realidad, me hallaba, de repente, perdido en el limbo. ¿estaba yo entre la vida y la muerte?. Los médicos llevaban a cabo la operación y fue entonces cuando la línea de la vida en el monitor de signos vitales se transformó en una línea constante y con un pitido de sonido ininterrumpido. Y, aquella línea dejó de oscilar para notificar mi muerte; mi repentina, inesperada y anticipada muerte. Era la primera realidad posible. Mi fallecimiento en medio de la cirugía.


Fue entonces, cuando, de repente, durante el procedimiento, ¡desperté! y la manguera de la anestesia volvió a mí rostro. Como si estuviese atrapado en un bucle, en la perdición total de mi existencia. Luego, me dormí de nuevo, pero, esta vez, ya no me encontraba solitario en un salón oscuro ni perdido en el limbo, sino que, abstraído en mi violín, en un gran teatro en el cual interpretaba una sinfonía que aún no existe. Compuesta por mí de principio a fin. Y con la que había logrado ser un músico exitoso. Me convertía de la noche a la mañana en una estrella de la música clásica, del violín y, no habría nadie nunca que me aterrizara de tan honorífica nube de concreto; de tal realidad alegre.


Estas dos realidades viví antes de ser anestesiado, como muerto en vida, al menos así fue como me sentí en ese momento; pero estaba yo despierto y vivo, al fin y al cabo.


Y fue allí donde la vida comenzó a tener sentido para mí. Al despertar, un resplandor de sonidos organizados se produjeron en mi mente, en mi imaginación, en lo más profundo y con la mayor experticia de una imaginación tan desarrollada que no existían los límites, lo común y, no existía, en ese momento un éxtasis mayor, donde los placeres, que efímeros en su naturaleza, se transformaban con cada nota en música, duradera, eterna, infinita y perfecta. Era la composición de una sinfonía, una magnífica y formidable obra musical que luego llamaría: “Sonido de un presagio en C Major”.


Se convirtiera, dicha obra que brillaba al sonar, en un éxito musical; no importaba. Lo que era ahora relevante, era que la segunda realidad del presagio se había cumplido, o al menos de manera parcial. Aún no llegaba la hora de la primera posibilidad, de aquella realidad alterna del presagio: la hora de mi dulce muerte...


Escrito por: 🎸Hember J. Saavedra.

@hember.j.saavedra

@musica_creativa_de_colombia

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