(P2) LOS TRECE MÚSICOS DORADOS
- 8 ago 2025
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Actualizado: hace 17 horas

Lea previamente la Parte 1.
En cuanto a Alberto, había algo diferente en él; y era que ya no deseaba ser parte de tan selecto grupo. Pues María era lo único en lo que pensaba lo que duró el evento y después de eso, durante casi un año sin saber de ella, Alberto DuPont, que no estaba dispuesto a esperar hasta que se cumplieran los trece años para el próximo reencuentro, por si servía de algo la espera, tomó la decisión de ir al lugar donde María, lo único que realmente amaba en la vida, por encima de su música y todo lo demás, había desaparecido.
Era, exactamente un año después; el mismo día, el mismo mes y la misma hora: las tres y treinta de la madrugada.
Recuerdo que Alberto lloró como un chiquillo por ella; se derrumbó y apretó sus manos mientras agarraba la tierra justo en el lugar en el que viajó. María, la hermosa, carismática, de ojos marrones que brillaban y se iluminaban como el sol; de cabello rubio y ondulado, se había desvanecido.
Cuando la miraba de frente, su mundo se tornaba de un fondo negro mientras levitaban en el vacío… como si nos encontrásemos en el mismísimo espacio exterior. Entonces, el resto del mundo ya no importaba más.
Alberto y María sentían una fuerte conexión.
Los pies de Alberto, parecían levitar un día y de pronto se sintió extasiado; pues ella le fulminaba el cerebro y el cuerpo entero de amor— aseguró Alberto en alguna ocasión en la que la vida era simple y feliz para ellos.
En todo caso, era mejor que Alberto aterrizara en la realidad de lo que ahora era una ilusión, un recuerdo. María existía ahora solo en su mente; en su ahora, débil y fragmentada mente.
La memoria de Alberto comenzaba a jugar en su contra y al mismo tiempo a mi favor; pues era como si ella tal vez nunca hubiese nacido; como si nunca se hubiesen conocido; lo cual era doloroso y, al mismo tiempo, él intentaba sanar sus heridas emocionales al negar su existencia. Todo se percibía ahora confuso y borroso.
Seguía Alberto, entonces arrodillado sobre la tierra, cuando de pronto, una débil lágrima cayó sobre su rostro. Y surgió una luz; era el umbral del Palacio, pero en este punto clave de la desaparición y ya no en el Palacio, ni pasados trece años, sino un año.
Así que intentó cruzar, pero era en vano; al atravesar el umbral, seguía en el mismo lugar. Cerró los ojos por un minuto. Sujetó firmemente la guitarra acústica que llevaba colgada en su espalda y, preparado para tocar, no sé si por azar o debido a una elección del subconsciente, eligió la canción “The Song of the Resurrection, por: Los Trece Músicos Dorados”. Esta fue la canción que María escuchó cuando se esfumó.
Así fue como tuvo la extraña impresión de que la componía por segunda ocasión.
Justo después de finalizar la interpretación, oyó un grito a lo lejos; una vocecilla de un registro similar al de María. Cerró los ojos con fuerza para no decepcionarse y, allí estaba. Era María, sí. Pero su rostro estaba demacrado, pálido; su tez fría y morada.
¡María era ahora un espanto!
La alzó en sus brazos. Mientras la llevaba, comenzó a caer una fuerte lluvia. Las gotas de agua se tornaban pesadas y ácidas.
Cuando llegaron a lo que era su antigua casa, su hogar, encendió la llave de la tina con agua caliente; pues en Songcity la temperatura promedio era de unos siete grados.
La suciedad de su piel comenzó a ser eliminada, pero el tono morado de esta, no se quitaba por más que se lavara. María, con sus párpados que permanecían cerrados la mayor parte del tiempo, y sus ojos que ya no brillaban como el sol, ahora parecían más la profundidad del océano, tan solitarios, pesados y atestados de soledad y de pánico.
¡María, estaba muerta!
Alberto, rompió en llanto… y la ilusión de encontrarse de nuevo con ella llegó a su fin. En su estado más lúcido y viváz, Alberto recordaba a María como una mujer perfecta, no para todo el mundo tal vez, o quizá sí; pero si de algo estaba seguro era que ella era perfecta para él.
Decidió, entonces Alberto, dejar de tocar la guitarra, dejar su música para siempre. Y, por ende, dejar la agrupación de "Los Trece Músicos Dorados"; los únicos que no morían al escuchar sus obras que, sus antepasados músicos habían hecho malditas por un grupo de indios del antiguo Songcity, antes de que Songcity fuera una ciudad, antes de que Alberto y María nacieran, antes, mucho antes, cuando ya existía desde hace cientos de años, el abisal abismo de los suicidas.
Pues aquellos indios, habían realizado un ritual de magia oscura con el objetivo de lograr la inmortalidad de esta agrupación musical y su sobrevivencia con el pasar de los siglos para que su música fuera escuchada para toda la eternidad.
Luego de la decisión, Alberto, se dirigió a su casa actual. En el sótano de esta; construyó un ataúd y lloró de nuevo.
Trasladó, luego, el ataúd hasta su antigua casa y cuando llegó introdujo a María en esta, y con mucho dolor, la enterró en su ataúd en el bosque de Songcity, justo en el lugar donde había encontrado su cuerpo cadavérico.
Se quedó, después, dormido sobre la tierra que guardaba a María. Se iluminó el día y Alberto
despertó con los ojos más abiertos que nunca. Gritó desesperadamente el nombre de su
esposa: ¡María!
Luego de unas horas, excavó la tierra, sacó el ataúd del hueco y lo abrió con la esperanza que le trajo el amanecer de volver a verla sana y salva con sus ojos que brillaban como el sol, con su tez tan suave como el algodón y sus cabellos de oro tan suaves y perfectos como su esencia misma.
Cuando logró abrir la tapa del ataúd, este, se encontraba, de repente, completamente lleno de
flores y nada más…
Alberto, estupefacto, creyendo firmemente que había enloquecido, huyó de aquel lugar terrorífico y se dirigió sin detenerse a las montañas rocosas, al abismo de los suicidas, frenando sus pasos veloces una única vez y, cuando llegó al borde de la fosa, y sin vacilación, se lanzó al vacío.
Fue entonces cuando, sobresaltado, Alberto por fin abrió los ojos en la realidad, pero, esta vez, se hallaba en la cama de su habitación de la segunda planta de su casa actual… bajó las escaleras asustado y torpe… y allí estaba, era María, frente a él, mirándolo seria y fijamente a los ojos, cubierta con sangre de pies a cabeza.
Cerró los ojos, agitó su cabeza y volvió a verla… esta vez, María se encontraba espléndida y radiante.
Escrito por: 🎸Hember J. Saavedra.
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