INVIERNO EN MANSION CITY
- Hember J. Saavedra
- hace 2 días
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 10 horas

La niebla no dejaba ver ni siquiera a un metro de distancia, hasta que, por un breve instante, se despejó el camino hacia el frente de mi casa. Se oyeron varios golpes en la puerta principal de la Academia Musical de Mansion City y casa del músico Carlos de la Cruz. Pum, pum… retumbaban aquellos llamados con eco en sus oídos al punto de parecer explosiones de dinamita que, por supuesto, interrumpieron su sueño.
El reloj marcaba las doce de la media noche mientras el mundo dormía plácido, en paz. Pero los animales del vecindario comenzaron a despertarse. Los gatos maullaban, se quejaban; los perros latían y yo, di un salto; miré hacia la casa que quedaba justo enfrente de la mía; era la casa de Carlos de la Cruz, abogado, esposo de Helena y padre de cinco hijos: tres varones y dos mujeres, que en ese momento no se despertaron.
De pronto, sonó mi puerta de la misma forma como sonaba la del señor de la Cruz. Abrí los ojos al punto de sentir que estos se me desorbitaban, mientras mis oídos, alerta, escuchaban cómo tocaban a la puerta principal de la casa.
Un par de minutos después, reaccioné y miré por el ojo de esta y de frente se posaba un gran rostro blanco en forma de corazón, con dos grandes ojos negros que me observaban fijamente con una mirada vacía, directa y en los cuales era posible percibir la profundidad de un espacio tan oscuro, lúgubre y que por alguna razón me hacía pensar en una inminente, inevitable y trágica muerte.
¿Se acercaba el final de la vida?
¿Se trataba acaso del extraño ser del lago negro de la antigua leyenda de Mansion City?
Me asombré por un instante. Me dirigí corriendo hacia la segunda planta de mi casa y busqué una cámara fotográfica. La encendí y bajé las escaleras rápidamente.
Lo que encontré después, tras mirar nuevamente por el ojo de la puerta, fue a ese mismo ser, pero esta vez cabalgaba un caballo blanco, el cual chilló en el momento en que los avisté, y fue tan alto el volumen de su lamento, que este se propagó a la velocidad del sonido por toda Mansion City perturbando los oídos de los habitantes.
De pronto, el caballo emprendió huida; y no logré fotografiar a aquel ser anormal, con cara de pastel, que parecía tan inofensivo, pero que en realidad era un maldito. Lo digo porque segundos antes de llegar hasta mi vivienda, había asesinado al señor Carlos de la Cruz, abogado, esposo de Helena y padre de cinco hijos: tres varones y dos mujeres, que en ese momento se despertaron, notaron la tragedia y se desmayaron sobre el reguero de sangre resultado del degollamiento hacia su padre.
Mi familia y yo, Humberto Rosas, nos salvamos. No sé la razón. Pero si de algo estoy seguro, es que aquel ser, aquel extraño y maligno ser, volverá; y no solo por mí y por mi familia, sino por todo residente y visitante de Mansion City. Uno a uno moriremos tristes, infelices, desgraciados; en todo caso, estaremos muertos. Fallecidos de forma anticipada a causa de la espada del mal personificado y con cara de corazón; un corazón sin sentimientos, tan vacío como sus propios ojos, como un corazón de piedra, inerte y sólido.
Más tarde, pasaron meses, antes de que persona alguna saliera de su casa, a excepción de una emergencia, como la búsqueda de alimento, la necesidad de algún servicio de salud o, simplemente, una emergencia.
El invierno perduró en Mansion City. Pasó un año, dos meses y veinte días después de la visita de aquel demonio; después de la muerte del señor Carlos de la Cruz.
Tras completarse ese tiempo, la temperatura en Mansion City volvió a la normalidad, pero las gentes del lugar siguieron perturbadas para siempre.
La academia musical de Mansion City nunca más abrió sus puertas. Aquella casa quedó abandonada, fría y desvaneciéndose, poco a poco por el pasar del tiempo.
Y, entonces, todo parecía por fin haberse normalizado, hasta que, un día, decidí realizar una investigación en el Lago Negro y lo que encontré me sorprendió. Pues de aquellas aguas supuraban burbujas, como si el lago hirviera.
Así que procedí a revisar. Ingresé mi mano derecha, el agua estaba a temperatura ambiente y, velozmente alguien me agarró la mano y me halo al fondo del lago. No tuve tiempo de tomar aire en ese breve instante.
Y, en el fondo del lago, una batalla se producía; era el ser con cara de corazón que en un momento me lanzó hacia la superficie y logré, de suerte, salir hasta el borde del lago.
Este salió abruptamente de aquellas aguas, pero esta vez se había convertido en un centauro, conservando aún la forma de su cabeza que no era antropomorfa.
Y, sin dudarlo, tomé mi escopeta que llevaba colgada a mi espalda; una escopeta de doble cañón; cargué las balas, apunté con firmeza y calculé su dirección y, en su cabeza con forma de corazón, estallaron.
Sangre, salió de aquel ser. Corté su cabeza con la espada que este dio muerte al señor Carlos de la Cruz y la empalé en lo alto del faro del lago de Mansion City, para que el mundo entero, incluso los aviones pudieran observarla y fueran testigos de mi victoria.
Escrito por: 🎸Hember J. Saavedra.
@hember.j.saavedra
@musica_creativa_de_colombia







Comentarios