JOB SAAS: TRUE BORN ISLANDER
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El documental que revela el corazón del reggae de raíz en San Andrés

Por Juan Daniel Correa Salazar
El domingo 30 de mayo de 2021, en plena pandemia —cuando el mundo aún respiraba con miedo y San Andrés Isla (Colombia) llevaba meses escuchando un silencio que no le pertenece— Job Saas reunió a su banda The Heartbeat en su finca Paradise Farm.
No era un día para espectáculos.
Era un día para registrar un latido: el heartbeat profundo del reggae de raíz, ese pulso que durante décadas ha sostenido la identidad musical y espiritual del pueblo Raizal.
Paradise Farm es muchas cosas a la vez: escenario, refugio, huerta, santuario y hogar. Allí Saas siembra, cocina, canta, conversa y celebra. También ha abierto espacio para conciertos propios y para recibir a otros artistas.
En ese lugar —rodeado de árboles, viento salado y memoria viva— nació este concierto-documental cuyo re-estreno celebramos hoy.
Una obra que vuelve a abrirse al mundo como un acto de memoria, gratitud y resistencia cultural. Un testimonio de cómo la música puede sostener a una comunidad incluso en los momentos más inciertos.
🎥 Ver documental completo:
El heartbeat: donde respira la isla
Quien se haya adentrado de verdad en lo profundo de la isla lo sabe: en San Andrés el reggae no se interpreta, se respira. Es un pulso que acompasa el mar, el viento salado, las palmeras inquietas y las voces ancestrales que aún habitan el aire. Ese mismo pulso sostiene la voz de Job Saas, pionero del reggae en Colombia, referente, maestro de generaciones y guardián de un canto que no se apaga.
“True Born Islander”, una de sus piezas emblemáticas, no es solo un título. Es un manifiesto. Una afirmación de orgullo, origen y pertenencia. De esa esencia nace este documental. De esa certeza de que, en la música de Saas, la identidad no se explica: se mueve.
Y si algo define a Job Saas es precisamente eso: movimiento.“Got to keep moving”, repite siempre. No como lema de ocasión, sino como forma de vida. Así lo conocen todos en la isla: siempre en la jugada, siempre atento, siempre empujando la música hacia donde la vida le pide avanzar.
Paradise Farm: cuando la tierra canta
El día del rodaje, el sol caía firme sobre los árboles y el viento movía las hojas como si marcara el compás del roots reggae. Montamos el backline entre palmeras, ajustamos los micrófonos con el mar de fondo y las cámaras fueron buscándole el alma al lugar. Los músicos afinaban con calma isleña. Yo, como productor, seguía de cerca cada detalle, resolviendo lo que surgía, improvisando al ritmo de la isla y navegando las pequeñas batallas logísticas que imponían aquellos días de pandemia.
Y entonces llegó el momento que hoy recordamos casi como mito, pero que ese día fue pura urgencia: la fog machine, protagonista tan visible e incluso ruidosa como necesaria para el espíritu del concierto y del documental.
Para Saas, ese aparato no era un capricho. Era parte de su atmósfera, de su estética, de su ritual. Sin esa nube de humo no había concierto, no había vibra, no había reggae.
Así que hubo que salir a buscarla. Y cuando digo buscarla, hablo de recorrer la isla entera en tiempos de restricciones, silencio y distancia; de hacer llamadas, tocar puertas, rastrear bodegas, preguntar en cada rincón. Una auténtica travesía insular.
Hasta que apareció.
Cuando la máquina llegó por fin a Paradise Farm, el ambiente cambió. El humo se mezcló con la luz tropical, con el olor del pasto húmedo, con el azul abierto del cielo. El roots encontró su aire natural. La música respiró como tenía que respirar.
Y en ese instante comprendimos que el documental no solo se estaba grabando: se estaba manifestando.
El repertorio: un viaje vivo por la raíz
El concierto comienza con “It Is True (Victims of Colonization)”, un llamado profundo que desnuda la realidad histórica del pueblo raizal. Su estructura se sostiene en el Nyabinghi, ritmo ceremonial rastafari que artistas como Bob Marley usaron para afirmar identidad, resistencia y fe. Aquí, el Farmer Singer le da su propia alma: un pulso firme que abre el portal del documental.
Sigue “Happy Reggae”, una celebración de la vida secilla. No habla de lujos, porque el lujo ya está ahí: la naturaleza, el viento, la sombra de los árboles y el nombre de Jah flotando entre las hojas. Es la dicha de vivir desde la raíz.
Luego llega “Freedom” —un grito de libertad que nace del pecho y se mezcla con el vuelo de los pájaros que cruzan el cielo durante la grabación.“I am free as a bird on a tree”, canta, y uno entiende que lo es: libre porque pertenece a la tierra y porque su canto es una afirmación espiritual.
Con “Love” ocurre un momento que cambia el aire. Entra Joe Taylor, el músico místico de Providencia, con una voz que parece venir de otro tiempo. No llega como invitado: llega como hermano. Su timbre cálido se entrelaza con el del Farmer Singer y juntos levantan un canto al amor que sostiene la vida isleña, la familia y el roots reggae.
Después llega “True Born Islander”, una de las expresiones más puras de su identidad. “I am not Asian, I am not American, I am not Chinese… I am a true born islander.” No es solo una letra: es un manifiesto, una declaración de origen y pertenencia que vibra desde el corazón del Caribe insular.
La energía sube con “Natty Rude”, un canto para la juventud isleña, una llamada a mantener vivos los principios del reggae y el orgullo raizal. Es una invitación a que ellos —los jóvenes de San Andrés, Providencia y Santa Catalina— no olviden su fuerza, su legado y el lugar espiritual desde donde nace su música.
Vuelve el brillo suave con “Lovely”. Joe Taylor reaparece para envolver el aire con una dulzura que parece oración. Su voz se encuentra con la de Sass, y juntas fluyen como dos corrientes del mismo mar.
Luego suena “Babylon Corrupt”, una tonada divertida y punzante sobre los excesos de la humanidad, esa desconexión que aleja a muchos del ritmo simple, honesto y terrenal que propone el reggae. Aquí el humor y la crítica conviven como parte de una misma identidad musical.
El concierto se despide con “Africa Unite”, clásico de Bob Marley and The Wailers. En manos del maestro sanandresano, la canción se transforma en un llamado ancestral. Lo que en Jamaica fue exhortación, aquí se vuelve plegaria isleña:
“San Andrés Unite!, Providence Unite!, Santa Catalina Unite!”
Una invocación a la unidad espiritual del archipiélago, a la memoria africana que sostiene al pueblo raizal y a la certeza de que el origen —cuando se honra— también marca el camino.
Voces de la isla: el círculo se ensancha
El concierto-documental abre también un espacio para las voces que han construido, día a día, el sonido y el espíritu del archipiélago. Voces que no explican a Job Saas: lo reconocen.
Jiggy Drama, figura mayor de la escena urbana isleña, habla con franqueza y admiración. Para él, Saas es coherencia, constancia y ejemplo. Su testimonio no viene de un lugar técnico, sino de la vida misma: de crecer escuchando reggae de raíz como guía y frontera.
Heidy Taylor, una de las arquitectas culturales del archipiélago y referente del Green Moon Festival, aporta una mirada íntima. Dice que Saas mantiene la esencia del reggae sanandresano intacta, sin maquillajes ni concesiones. Pero va más allá: señala que su arte no se queda en la música. Está en su manera de vestirse, en su postura tranquila, en su disciplina, en cómo se comporta en la comunidad. Saas predica lo que practica y practica lo que canta. Por eso su figura —más que la de un músico— es la de un artista integral que resguarda la cultura con cada gesto y cada acorde.
Minor P, representante de la generación joven, habla con la claridad de quien ha aprendido escuchando a los mayores tocar con verdad. En sus palabras asoma la memoria de quienes lo han acompañado en el camino.
Y aquí hago una pausa para evocar a Hety, su amigo, su hermano musical, un artista luminoso que también encontró fuerza en la voz de Saas. A Hety lo conocí gracias a Daniel Parra, director del documental, el mismo que me llevó a conocer el universo del Farmer Singer. Ambos —cada uno con su brillo propio— crecieron con esos cantos de raíz que sostienen al archipiélago.
La presencia de Hety, aun desde otro plano, sigue siendo parte del paisaje espiritual de la isla, como una melodía que se queda flotando después del concierto. Quien quiera acercarse a su historia puede leerla aquí, en un texto que escribí para honrarlo:
Billy Francis, músico mayor y guardián del sonido isleño, recuerda que para el pueblo Raizal —y para cualquiera que escuche con el alma despierta— el reggae no es un género, sino una manera de vivir y de leer el mundo. Habla de una música sin fronteras, capaz de acompañar a la humanidad incluso si un día pisa Marte. Para él, el reggae es inmortal, una certeza nacida de haber visto pasar generaciones enteras bajo su ritmo. En esa visión, sitúa a Job Saas dentro de un linaje mayor del Caribe: el de los artistas que transformaron fe, identidad y resistencia en canción.
Ethel Bent, periodista y gestora cultural de la isla, aporta un testimonio hondo, como una corriente que llega desde el mar. Habla del artista, sí, pero también del hombre que siembra, enseña, protege y une; de ese ser cuya presencia tiene el mismo aliento sereno y firme del océano que rodea al archipiélago. En su mirada, Saas aparece como líder social y ambiental, una figura espiritual tanto dentro como fuera del escenario.
Estas voces no decoran el documental. Lo sostienen. Son la isla hablando de uno de los suyos. La comunidad diciendo, con claridad y cariño, quién es Job Saas y por qué su canto sigue llevando el pulso del Caribe insular.
Un saludo directo desde el archipiélago
Para celebrar este re-estreno, recibimos un gesto que honra la música y la vida: un saludo enviado por el propio Job Saas, directo desde la isla, agradeciendo, sonriendo, irradiando esa buena vibra que solo él puede transmitir.
📹 Saludo de Job Saas:
Llega como llega la brisa caribe: cálido, honesto, libre. Un mensaje lleno de gratitud y buena energía que abraza este proyecto y lo impulsa de nuevo hacia el mundo.
Quiénes hicieron posible esta obra
El documental fue dirigido por Daniel Parra, un maestro de la cámara y del dron, cuya mirada revela la isla desde tierra firme y desde el cielo, con respeto, sensibilidad y precisión. Su padre, Diego Parra, estuvo en la segunda cámara, registrando gestos, miradas y texturas que hacen que este documento respire.
Desde el Centro Cultural de la Universidad de los Andes, Ximena Guerrero aportó visión, estructura y confianza. Su labor silenciosa fue decisiva.
Y desde Música Creativa de Colombia, asumí la producción con un propósito claro: acompañar este registro para que el mundo pueda sentir lo que la isla canta.
La banda The Heartbeat es la espina dorsal de este concierto. No visten de frac, pero sostienen el pulso: hacen que la música fluya con la naturalidad de una conversación entre mar, viento y raíz. Con ellos, el sonido encuentra cuerpo, sentido y camino:
Carlos Oliver – guitarra
Ramón Arturo Wilson McLean “Salah” – guitarra
Deninson Mitchell – teclados
Elario Faiquare – bajo
Robert Kelly – batería
Wilbert Montoya – ingeniero de sonido
Cada uno aporta una pieza esencial del latido. Sin ellos, el corazón no suena; con ellos, el reggae respira completo.
Una producción honesta, hecha con alma
Esta obra no destaca por un gran despliegue técnico. Destaca porque fue hecha con verdad.
En tiempos de mascarillas, restricciones y desafíos, logramos algo esencial: capturar la esencia de un artista nacido de la tierra, de una isla que canta, de un género que resiste.
Las tomas, los acordes, la luz y el humo se entrelazan para formar un documento que honra la autenticidad.
Job Saas: artista nacido de la tierra
Hay artistas que nacen para el escenario. Y hay artistas que nacen del territorio.
Job Saas es ambas cosas: raíz firme y presencia viva. Agricultor, cocinero, músico, líder cultural, guardián de especies nativas y embajador natural del Caribe colombiano. En él, la música no se separa de la vida: brota del mismo lugar donde siembra, camina y reza.
Este documental es, en esencia, un retrato espiritual: un diálogo entre un hombre y su isla, entre una voz y su raíz, entre un latido y el territorio que lo sostiene.
Un legado abierto para quien quiera sentirlo
Hoy, Job Saas & The Heartbeat en Paradise Farm queda libre para el mundo. Un viaje que comienza en San Andrés, cruza mares y vuelve al corazón de quien lo escucha.
🎥 Documental completo:
Un Big Up! para Job Saas. Para The Heartbeat. Para la isla. Para quienes guardan la memoria. Para quienes la celebran. Y para quienes saben que el reggae, cuando es de raíz, no se canta: se vive.







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