top of page

El hombre del Land Rover - VII

Capítulo 7: El Río


Por: Daniel Correa Senior

Edición: Juan Daniel Correa Salazar

@juandanielcorrea

@musica_creativa_de_colombia


El amanecer partió el bosque con una luz pálida. Beatriz ya tenía café colado cuando Julián salió al corredor.


—Hoy baja menos crecido —anunció—. Si lo cruza antes del mediodía, pasa.


Johana apareció con un bolso pequeño y esa determinación que no acepta “no”.


—Voy contigo.


—No deberías… —empezó él.


—Voy —repitió, y por primera vez Julián entendió que algunas decisiones no son diálogo.


El sendero hasta el vado olía a hojas nuevas. Cuando el bosque por fin se abrió, el río estaba ahí: ancho, marrón, impaciente. Tenía espuma en la boca. Julián evaluó la corriente, buscó el punto menos rabioso, eligió dos ceibas para anclar el cable del winch, y explicó en voz baja lo que harían: entrar despacio, subir revoluciones, mantener el tren delantero apuntando contra el empuje, dejar que el cable hiciera su trabajo. El snorkel, altivo, parecía una promesa de aire.


—Si el agua sube más, retrocedemos —dijo, sabiendo que era mentira.


Johana se sentó a su lado, las manos apretadas sobre las rodillas. No temblaba. Lo miró con una mezcla de confianza y reto.


Avanzaron. El agua golpeó las placas como un animal con rabia. El Land Rover vibró entero; los ejes crujieron; el cable cantó tenso como cuerda de arpa. Por un instante el mundo se volvió marrón y ruido. Julián mantuvo el pulso, corrigiendo milímetros, hablándole al motor entre dientes. El agua subió a media puerta y quiso meterse. El snorkel sorbió aire con terquedad. Johana no apartó la vista de él.


—Ahora —dijo Julián, y accionó el winch una vuelta más.


La rueda pisó piedra firme. Luego otra. El empuje del río aflojó con un gruñido de derrota. Subieron la rampa de la otra orilla como quien sale de un sueño pesado. Julián cortó el motor. Se quedaron en silencio, respirando. El cable, todavía tenso, vibraba como si tuviera pulso.


ree

—Te dije que venía —dijo Johana, por fin sonriendo.


Julián soltó una risa corta, esa que le salía cuando el alivio peleaba con el miedo.


—Gracias —alcanzó a decir, y fue todo.


El bosque empezó a clarear en sabana. Lo supieron no por el cielo —que siempre había sido grande—, sino por la distancia: de pronto el horizonte se volvió una línea larga, y el viento dejó de oler a hojas para oler a sol. El Land Rover se sintió en casa: la marcha larga pidió carretera de tierra y el motor cambió el tono a algo que parecía contento.


—Ahí empieza el Llano —dijo Julián, como quien señala una frontera invisible.


Rodaron una hora, dos. A lo lejos, recortada en medio de la inmensidad, una casa de madera. Firme, pero cansada. Un corral. Un bejuco sirviendo de amarra. Dos gallinas escarbando polvo. Y un hombre en la puerta, quieto, como una estatua que aún no decide si vuelve a ser carne.


ree

Julián frenó. El motor se apagó solo, con ese suspiro que uno reconoce como respeto.

Bajó. El barro se le pegó a los zapatos. Caminó sin prisa, sin aire. Johana se quedó en el vehículo, con la mano sobre el tablero, como si acariciara al compañero que los trajo hasta allí.


—Roberto —dijo Julián, y su propia voz le sonó ajena.


El hombre lo miró durante un segundo que no tuvo tiempo. No dijo nada. Se dio media vuelta y entró.


Julián quedó quieto, con el Llano entero zumbándole en los oídos. No supo si lo había encontrado o si apenas estaba tocando la puerta de un naufragio.


Detrás, el Land Rover esperaba. El sol empezaba a bajar. Y en algún lugar del monte, un caballo —Relámpago— pateó el suelo como si presintiera que, por fin, algo iba a moverse.

bottom of page